miércoles, 8 de abril de 2015

El ansia que nos pierde.

¿Es realmente necesario que comamos si no nos sentimos hambrientos?
¿Es preciso que bebamos si la sed no seca nuestras gargantas?
¿Para qué administrarnos medicamentos si no padecemos mal alguno?
¿Es serio que curemos nuestras heridas antes de sufrirlas?
¿Descansamos aunque la fatiga no ha hecho aún mella en nosotros?
¿Permitimos que el llanto aflore a nuestro rostro sin motivo?
¿De qué sentirnos aterrados si el miedo no atenaza nuestro espíritu?
¿Por qué recelamos de lo desconocido antes de saber qué nos aguarda al otro lado?

Quizá debiéramos sonreír. Aun cuando no nos sintamos alegres. Nos ayudaría a acercar más el bienestar a nuestras almas, aunque tan sólo se trate de una mera ilusión.

Quizá debiéramos llevar, siempre, el corazón en la mano. Eso sí, procuremos que la mano en la que lo portamos se encuentre, a buen recaudo, en nuestro bolsillo. Por si acaso…


jueves, 27 de noviembre de 2014

Tarde de lluvia.

¡Extraño lenguaje el de las tardes grises de lluvia! Ver a través del cristal de mi ventana cómo la gente acelera su paso, hombros encogidos, paraguas en ristre, caminando con paso acelerado, más que de costumbre, el rostro perlado por minúsculas gotas de agua. Algunos mueven, huraños, su cabeza de un lado a otro.

Todo invita a recostar ligeramente la cabeza en el húmedo cristal, jugando a dibujar garabatos sin sentido en la mancha blanquecina que deja el vaho sobre su superficie. Al ritmo hipnótico del golpeteo incesante, cerrar los ojos y dejar que mi mente se pierda en no sé qué rincón del Multiverso, alejado del resto del Mundo. Alejado del Tiempo.

Dejarme atrapar por esa mezcla de hastío, abulia y pereza que me hace incapaz de abrir los párpados, de mover un sólo músculo, incluso de respirar más allá de lo que me permite mantenerme, a duras penas, vivo. Tan sólo el latido de mi corazón resonando en el silencio, como si de un tambor que marcase el ritmo de remada en una galera se tratase.

Arribar a lo más profundo de mi Ser. Desear abandonarme, permanecer allí, flotando en el vacío, Príncipe de una marea de obscuridad absoluta reinante por doquier.

Y soñar. ¡Soñar…!

…Sí… Extraño lenguaje el de las tardes grises de lluvia. Como la de hoy.


jueves, 30 de octubre de 2014

Amores de ‘Todo a Un Euro’ para un corazón en crisis.

El fin del Verano –que nunca acaba–. La llegada del Otoño –que nunca llega–. Melancolía pandémica anual, repetida hasta la saciedad por nuestro subconsciente, año tras año, hasta el punto en que acabamos creyendo en ella, atrapados en sus redes, haciendo nuestra existencia de hoy más lánguida que la de ayer pero menos que la de mañana.

Lo curioso es que, hasta los que se encuentran atrapados en esa gran mentira de nuestro cerebro al que muchos, denodadamente, pretenden llamar ‘amor’ –cuando, en realidad, ‘eso’ lleva aparejadas otras muchas cosas–, caen en ella sin pretenderlo. Y eso que ¡maldita la falta que les hace!, claro. Supongo que será debido al egoísmo inherente al ser humano, que anhela lo que otros poseen sin pensar en que lo propio está muy por encima, aunque lo que envidia no merezca la pena.

En fin… Que no digo yo que sentado junto a la ventana, con la frente ligeramente apoyada en el cristal húmedo y frío por la resaca otoñal, empañado con las vaharadas de tus suspiros, la mirada perdida en el infinito mientras, fuera, las hojas caen, se esté mal. Pero seguro que se está mejor en la cama y bien acompañado… Sí, creo que sí.

De todas formas, siempre existen ‘amores de ocasión’, ‘de temporada’, para un apaño, vamos. Hasta que el mal trago pase. Aunque esto, las más de las veces, no suele acabar demasiado bien.


Los orientales, tan aplicados ellos, tan capaces de vendernos lo que se propongan, las estupideces más supinas que puedan llegar a ocurrírsenos –a ocurrírseles…–, tienen en sus archiconocidísimos establecimientos de todo. Absolutamente de todo. Salvo algo que palie la tristeza estacional que estamos –debiéramos estar– sufriendo. Bueno, sí, existe el alcohol –y las drogas, obviamente–. Y no hay nada mejor que una buena melopea de cualquier engendro etílico que sean capaces de vendernos estos chicos; sus efectos resultan tan espantosamente horripilantes que nos harán olvidarnos de todo y de todos. Salvo de un buen protector estomacal. De eso y de un antiemético, vitaminas, agua, zumos... Y de un buen inodoro capaz de soportar lo que se le viene encima. Y de la madre que los parió a todos, por supuesto.

Pero, sí. Deben ser listos. Lo suficiente como para ser conscientes de que, a pesar de todo,  nunca deberán vendernos amores de ‘Todo a Un Euro’ para un corazón en crisis.



martes, 28 de octubre de 2014

Luces y Sombras.



La Luz, tenue, se abre paso sesgadamente por entre las rendijas de la persiana y continúa firme su camino, colándose a través del filtro de los visillos. Incapaz de causar daño a mis ojos, apenas traspasa mis párpados aún cerrados, aunque logra su objetivo que no es otro que el de devolverme al Mundo de los Vivos, sacarme de mi sueño. Esa luz que las más de las veces hiere mis pupilas hasta el punto en que camino, gafas oscuras, ojos entrecerrados, lágrimas mejilla abajo. La misma, hija de la misma Estrella que me carga las pilas y que, a la vez, me hastía, me agota, no me permite pensar con claridad, con la objetividad suficiente.

Si la Noche transforma, interpreta lo que ven nuestros ojos para confundirnos, para acercarnos más a nuestros más íntimos deseos, anhelos, soledades, vacuidades, hace muchas de una misma cosa, la Luz me causa el efecto contrario. Me torna melancólico hasta el aburrimiento, la apatía, la desidia, la abulia. Hace que todo lo que me rodea me parezca un continuo. Y me torna en uno de muchos. Un árbol más del bosque, ajeno a lo que me rodea.

Corren tiempos oscuros. Nos movemos, habitamos entre sombras, saliendo de casa cuando, aún, es de noche y volviendo a la misma apenas aquélla viene de vuelta. La Luna, a veces, mudo testigo.

Tan solo alguna mañana, un incipiente rayo de Sol hace temblar mi subconsciente, aún vivo entre los vapores de un sueño no siempre reparador, devolviéndome a la cruda realidad. Pero eso solo ocurre dos de cada siete días. Y no siempre el Día y Yo amanecemos despejados como para apercibirnos de que, efectivamente, el Astro ha vuelto a las andadas. Aguardo, paciente. Y salgo a la Luz de la Noche para completar el círculo hasta casi la hartura, el empalago, de rendirme a Su Culto.

Quizá lo justo sería desplazarme sobre el filo de esa espada que separa la Oscuridad de la Luz. Lograr el equilibrio. Pero con una existencia tan efímera, vegetando en un Mundo en el que prima el trabajo sobre la Vida como condición ‘sine qua non’ para la subsistencia, sin olvidar el apetito por vicios y caprichos, inherente a mi condición de sempiterno epicúreo, me resulta tremendamente complejo. Lo real debe ser, entonces, permitirme sucumbir al encanto de lo umbroso, enredarme en su tela, vivir en la fantasía que trae aparejado moverse en lo anochecido, dejar que sus brazos me envuelvan hasta que las mieles de la penumbra, néctar como ningún otro, me adormezcan. Y transcurra, inexorable, el paso del Tiempo.