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miércoles, 30 de noviembre de 2016

Cronograma De Una Ucronía Distópica.

Antes que nada, dejemos bien claro algunos conceptos. Un cronograma es, simplemente, un diagrama de tiempos; llamadlo ‘diario’, si así os place. ¿Ucronía…? Bueno, si aplicamos a la Historia una reconstrucción lógica (utopía total y absoluta…), dando por supuesto que los acontecimientos que vamos a relatar no han sucedido realmente pero habrían podido suceder, ya lo tenéis. En cuanto al concepto distopía…, bueno, consideradlo como una anti-utopía, esa cara ‘B’ perversa en la que la realidad se mueve en términos opuestos a los de una sociedad ‘ideal’…

…Bien… Llegados a este punto, imaginaos por un instante que la II Gran Guerra hubiese sido ganada por el Eje. Wernher von Braun, adoctrinado por las Hitlerjugend desde muy niño, jamás se planteó, ni remotamente, ‘emigrar’ a Estados Unidos por lo que, todas sus investigaciones, tanto en materia armamentística como aeroespacial, fueron a parar a manos de los Adolph Jungen Onkel (sí, la maldita horda nazistisch…). Su enorme capacidad de liderazgo científico, todas sus teorías en cuanto a viajes espaciales, sus alucinaciones en lo tocante a contacto con entes extraterrestres, su sabiduría y experiencia, unidas al apoyo nipón y, ¡cómo no!, al aporte de la siempre sufrida y nunca suficientemente valorada mano de obra aportada por la Nova Italia de Il Dolce (perdón, Il Duce…; no sé en qué demonios estaría pensando…) Benito, se aúnan para estallar en un desarrollo tecnológico sin precedentes: Ha nacido la Neue Europe.

Todo esto facilita el caldo de cultivo ideal para la creación de un gigantesco entente empresarial multi-supra-híper-mega-nacional que, controlado por le Höchste Macht, el Obergewalt, Poder Supremo habido y por haber, ofrece a todo aquél afín a sus creencias (y que pueda permitírselo; con la Iglesia hemos topado…), una vez su cuerpo haya llegado al final de su existencia, la posibilidad de perpetuar la de su cerebro, uniendo éste a un superordenador individual para cada caso. Antes que nadie, obvio, los Führung, líderes de líderes, no iban a ser menos…

Pues bien…, Aquí, en la España de siempre, Franco, en un delirio capaz de asombrar al mismísimo Rey Jorge decide, ¡faltaría más!, perpetuarse en el Poder, ser un Führer más y apuntarse a la idea. Aunque, visto lo visto, pasa a ser un líder más de pueblo, como de 2ª Regional… 

--- o – O – o ---

Esto pertenece a una vieja idea de un guion que ocurrióseme años ha, ideal para ser depositado en las hábiles a la par que sabias manos del tándem Luis García Berlanga-José Luis Cuerda. ¡Lo que nos hubiésemos reído, maldita sea…! ¡Ah...!, por supuesto, con el gran José Sazatornil en el papel del General 'Patas Cortas', ¡faltaría más! Y no, no estarían ni Pé ni Santiago Segura. Bueno, algún día... ¡Quién sabe...!


jueves, 17 de diciembre de 2015

Ruidos.

Ayer noche, bien entrada la madrugada, me desperté. Unos golpes en los cristales me sacaron de mi estado habitual a esas horas. Me levanté, abrí la persiana del balcón de mi dormitorio y no había nada. ‘El viento’, pensé. Y volví a la cama. Apenas me había dado tiempo de volver a conciliar el sueño cuando el ruido volvió a repetirse. ‘Igual lo he soñado’… Algo en mi interior hizo que volviese a levantarme. Los ruidos no provenían de los cristales de mi balcón. Venían del baño. ‘¡Muy raro!’, me dije. Tan raro que provocó que el vello se me erizara, convirtiendo la situación en inquietante cuando, una vez levantado, pude comprobar que los golpes no venían de la ventana. Provenían del espejo.


miércoles, 30 de septiembre de 2015

Una Nueva vida.

Vivir un no vivir.
Conseguir olvidarse de todo y de todos.
El no-existir ya más tu miserable vida.
Navegar por dos aguas anclado en mar alguno.
Y flotar en el limbo…



Dormitar la frontera entre el Bien y entre el Mal.
Placer por un minuto fugaz como un minuto.
Luego, soñar. Sin recordar la Nada.
Sin recordar la Nada, nada de lo soñado.

Sólo la Nada. Nada…

Sólo la Nada atrás, sólo la Nada al frente.
Y al Despertar, la Nada.
Sólo tú y tu con(s)ciencia de ser/no ser quien eres.


Una píldora, sí. Una ‘simple’ habichuela.
Tan mágica que a Jack le habría dejado mudo.
Un éxtasis impávido, flemático, hierático…
…Y volver a empezar, comenzar desde cero.

Flotar en un placer instantáneo y efímero
y, luego…, luego, Nada. Nada. Contadores a cero.

Darías todo lo tuyo, sí. Lo tuyo y lo que fuera.
Todo lo que no tienes tan sólo por lograrlo.
¡La vida si es preciso! ¡Y cuántas veces fuera!
Primero, de los otros. Luego, sin vacilar, la tuya.

Transportado a otro Mundo, un Nuevo Ser de nuevo.
La posibilidad de comenzar naciente,
insólito, novel, estrenado, lozano.



El precio, sí, una vida. Y comenzar de Nuevo.
¿Lo harías? ¿Sí? ¿LO HARÍAS?
¿Tomarías la droga que lo hiciera posible?
¿Apretar un botón sin importar a qué,
a cuál o a quién demonios pase lo que le pase?
¿Por comenzar de nuevo? ¿De verdad que LO HARÍAS?

Un Nuevo Mundo, ¡SÍ! Tu Nueva Realidad.
¡YO, SÍ, SÍ, SÍ, SÍ, SÍ, SÍ, SÍ, SÍ QUE LO HARÍA!
Y vosotros, también. ¡TAMBIÉN, no lo dudéis!
Sobre todo, vosotros que me decís que NO,
porque, ¡al fin y a la postre! es comenzar de Nuevo.

Recordadlo, un botón. Apretar un botón.

Y comenzar de Nuevo.


jueves, 18 de septiembre de 2014

La Última Frontera.

Cruzar la Última Frontera. Ese punto a partir del cual no hay posibilidad de regreso. Ese ‘¡Hasta nunca!’. El último adiós. A lo largo de nuestra vida, cruzamos y/u obligamos a cruzar a alguien, multitud de fronteras, unas más complejas de transitar, otras más simples. Y, casi siempre, hay posibilidad de volver al lugar de procedencia. De ésta, no la hay. Traspasarla significa no regresar jamás. Y es en ese ‘otro lado’, ya que ellos han traspasado la barrera, en el que permanecerán condenados sin paliativo alguno posible. Sin retorno. No hay repatriación posible. No se admiten negociaciones al respecto.

Protervos pseudo-gobernantes, farsantes incapaces de ver allende vuestra ambición sin límite, deshonrosos malnacidos más dedicados a atesorar capital ajeno que a servir al Pueblo del que provienen vuestras fortunas, tecnócratas sin consideraciones ideológicas o políticas, malformados en Humanidades, exentos de todo principio Filosófico, ilusionistas del desencanto, cebados con la amargura de los que sufren el fiasco de vuestra gestión, dispuestos siempre a que vuestra mano izquierda ignore lo que la derecha hace…

¡Habéis cruzado la Última Frontera!

Malditos meapilas de sotana y padrenuestro, comedores de pan ácimo, reprimidos represores de mentes, babeantes onanistas que os excitáis trocando el mal ajeno en letanías, auto-pretendidos caudillos de almas, vendedores de parcelas en un inexistente Más Allá de esponjosas nubes de algodón y ángeles asexuados…

¡Habéis cruzado la Última Frontera!

Abominables banqueros, execrables ejemplares de una ralea que vampiriza a los hombres de bien hasta lograr mutar su sangre en ese sucio dinero que hace rebosar los bolsillos de vuestros pestilentes trajes de diseño, fumadores de cigarros confeccionados con la piel de aquéllos a los que debierais servir como felpudo y de los que esnifáis hasta el polvo de sus huesos…

¡Habéis cruzado la Última Frontera!

Ruines empresarios, nunca suficientemente saciados con el sudor de los que dan su vida para que disfrutéis las vuestras de ‘Star System’, todo a cambio de un salario mísero, apenas para mal sobrevivir, siempre con el descontento y el lloriqueo en vuestros labios, nunca convenientemente repletas vuestras arcas, abanderados del cinturón apretado en el talle de todo aquél que no pertenece a vuestra réproba calaña…

¡Habéis cruzado la Última Frontera!

Trasnochados nacionalcatolicistas de nuevo cuño, abyectos salvapatrias que sacáis a pasear bajo cadenas y pistolas las penas ajenas pretendiendo convencer a golpe de genuflexión a aquéllos que jamás comulgarán con una hedionda doctrina como la vuestra…

¡Habéis cruzado la Última Frontera!

Detestables nuevos ricos tecnológicos, preocupados tan sólo por poseer el último modelo de auto, de cadena de sonido, de teléfono móvil, de tablet, más ocupados en descargar la novísima versión de Sistema Operativo de tantísimo aparato seáis capaces de poseer (que no entender) que de poner en orden vuestra mente y la de vuestra descendencia con la lectura, simple, de un libro que os haga pensar…

¡Habéis cruzado la Última Frontera!


...Cruzar la Última Frontera. Ese punto a partir del cual no hay retorno posible. Ese ‘¡Hasta nunca!’. El último adiós.

¡Cuándo para ellos!


martes, 16 de septiembre de 2014

Una experiencia para nada religiosa.

A veces siento que, como en la cinta de Branagh del 95', desearía estar 'In The Bleak Midwinter'. Por mucha energía que me aporte, por muy necesitado que esté de Él, no puedo evitarlo: el Sol me cansa.

Su maldita luz obliga a mis ojos a entrecerrarse, incluso llevando protección, hasta tal punto que me asemejo más a una especie de cruce entre un oriental híper alérgico fumado y un boxeador al que le hubieran propinado la paliza de su vida, que a esta suerte de celta de ojos azules que soy.

Abrasa mis neuronas (que no mi piel; no cuento entre mis hábitos el de exponerme a esa fábrica de laceraciones que, a la postre, más mal que bien acaban) hasta el punto de no poder pensar con claridad hasta que no desaparece por el horizonte. Y, a veces, ni aun así.

Y ahí vuelve, siempre, el muy ladino, hiriendo cada milímetro de mis pupilas, logrando que cada centímetro de mi ropa arda, haciéndome caminar con la cabeza gacha, día sí, día también. Maldiciendo, ¡cómo no!, su estampa a cada paso...

...Perlando ligeramente mi frente de minúsculas gotas de sudor. Y acelerando mi pulso. Siempre. Sin embargo, no lo culpo de esta última vez. Día tranquilo, noche apacible, madrugada fresca y virgen de sueño. Quizá la energía acumulada de tantos meses de calor fuera la artífice. O mi carácter. O ambos. No lo sé. Nadie puede saberlo. Despierto aún, sólo las 3 y 23 de la madrugada del domingo pasado cuando mi pulso saltó, se disparó. Como correr la maratón de Roma en agosto. Salvo que sin moverme de la cama...

...Dejé transcurrir las horas, amigo de pensar que el Tiempo lo cura todo. Pero no... No en esta ocasión. Al fin y a la postre, nada que no solucione un día en Observación, tranquilizantes, oxígeno, unos pinchazos y algo que desconocía, amiodarona, creo que lo llaman. Morir un par de veces, aún por unos segundos fue divertido y algo angustioso. ¡Bah!, todo queda en una arritmia y una visita al cardiólogo. Nada del otro jueves. 'Arritmia'... ¡A mí, que tengo un sentido del ritmo poco corriente por excepcional...! Y, no, 'no tengo abuela...'

Apodado el 'Astro Rey'. Quizá sea por eso, por lo de 'ir de estrella' y por lo de 'Rey' por lo que no me cae bien. No comulgo con aquéllos que van de lo primero y, mucho menos aún, con los que llevan corona. ¡Ni con los de Oriente, vamos!

Supongo que, cuando vaya al Infierno, lo tendré claro (a menos que el 'mío' sea de hielo; si así fuera, copa ancha de cristal y un pelín de J&B y Pepsi no vendrían naaaada mal...). Si bien, ahora que me doy cuenta, quizá no debiera haber hecho méritos para que me tocase una lotería como ésa. ¡Pero he comprado tantos billetes a lo largo de mi vida...! Porque así lo he deseado. Hágase, entonces, mi voluntad. Al menos, por una vez. Que ya va siendo hora. Por eso sé que ésta que ha sonado no era la mía.


miércoles, 20 de agosto de 2014

Una historia de hoy.

Se decidió. Por fin. Se levantó de su sillón favorito, ése en el que llevaba sentado ni recordaba cuánto. Se dirigió, a paso lento, reflexivo, hacia la cocina. Abrió el cajón en el que se encontraban sus cuchillos, esos con los que cocinaba para ella. Tomando por la empuñadura su favorito, de dispuso a afilarlo, con la mirada perdida. Una vez que acabó, le pasó un paño; su rostro, serio, podía verse reflejado en la hoja, ahora capaz de cortar un cabello en el aire. Guardó el cuchillo en su maletín, ahora vacío de documentos, de responsabilidades.


Salió de la ducha, se colocó uno de sus habituales trajes negros con el que solía ir a trabajar, día tras día, desde hacía mucho. Tenía tiempo, su autobús, el de siempre, tardaría aún unos minutos en pasar. Tomó su maletín y salió a la calle.

Sentado en su asiento, apoyó la cabeza contra el cristal. Fuera, llovía ligeramente. Cerró los ojos durante un rato. Pensó en a cuánta gente había visto desfilar por su oficina, suplicando poco menos que clemencia. Pero no. Él no podía hacer nada; ‘Órdenes son órdenes, sólo soy un mero empleado de banca’, solía decir a modo de excusa, quizá para consigo mismo, para no sentirse culpable. Para no pensar en toda esa ingente cantidad de ciudadanos de a pie, como  él, a los que su empresa, su banco de siempre, había desahuciado, con permiso de la Ley, merced a la maldita crisis.

Todo iba bien. Llegaba a casa y, cuando la veía a ella, se olvidaba de todo. Y el sol salía para ambos.

Hasta que la recesión, las vacas flacas, pasaron por su puerta, deteniéndose y llamando al timbre. Su banco estaba a la quiebra, a la deriva total. Excesos de altos ejecutivos, a los cuáles no iba a afectar para nada este asunto salieron beneficiados mientras que a muchos empleados, como él, les tocó quedarse en la calle. Durante un tiempo pudo ocultárselo hasta que, por fin, no tuvo más remedio que decírselo. ‘¡No te preocupes!’, decía, ‘¡Ya verás como todo se arreglará!’. Pero no fue así. Él ya no tenía edad para encontrar un trabajo, nadie empleaba a gente de su edad, por mucha experiencia que tuviese. La cosa fue a peor. Ella enfermó y, su mal se llevó no sólo su vida sino los escasos ahorros que habían podido permitirse tener. Luego, su banco, ése al que había dedicado todos sus esfuerzos, no sólo se libró gracias a las ayudas del maldito Gobierno sino que, además, le hizo lo que él había estado haciendo, indirectamente, a muchos: perder su hogar…

El autobús se detuvo en su parada. Se bajó serio, circunspecto. Tenía una cita con el Presidente, ¡el Gran Jefe!, ése tipo al que sólo había visto una vez. Entró al edificio. Se identificó ante la amable recepcionista. Se dirigió al ascensor. Subió al piso 42. Allí, una secretaria le dijo que esperara unos momentos. Se sentó y esperó.

Fue llamado. La secretaria le abrió la puerta con una impostada sonrisa. Él se presentó. Dio la mano al Gran Hombre. ‘¡Y bien, amigo mío! ¿Qué puedo hacer por usted?’. Sin mediar palabra, colocó su maletín sobre la mesa de nogal. Lo abrió, sacó su cuchillo, ése con el que tantas veces había cocinado para ella. Y lo hundió en el pecho del Gran Hombre. Tan sólo una vez. Fue suficiente. Ya no haría más daño a nadie. Y poco importaba lo que a él pudiera ocurrirle a partir de ahora.


jueves, 10 de julio de 2014

Invierno.

Me desperté. Madrugada. Sensación de frío recorriendo mi espalda. Aún entre brumas, me cubrí con la sábana (nunca he podido, por mucho calor que tenga, dormir con la espalda descubierta; escudo contra el Mal desconocido, supongo…). ‘Winter is coming’ – pensé –, volviendo a sumergirme plácida y lentamente en brazos del vástago de Nix e Hipnos.

Con el Sol apenas despuntando, como cada mañana, me levanté con la misma sensación de la noche anterior. Horizonte de luz apenas tibia, cielo nublado. Levante soplando suave (como pocas veces), húmedo como siempre. Pero la realidad me hace ver que, para bien o para mal, es Verano. Aunque no lo parezca. No estoy hecho para el calor; me abruma, no me permite pensar con la claridad necesaria (lo cual, en determinadas ocasiones, – quizá – no venga mal…). Por suerte para mí, aún no hemos desembocado en esa vorágine de grados que hace que el termómetro padezca los días…, y sufra las noches casi como estos.

Sé que vendrán ‘esos días’ en los que pisar la calle será – para mí, al menos – casi un suplicio: ‘No salir a menos que sea cuestión de Estado’. Aunque no quede más remedio que ir a trabajar, por supuesto.

Pero llegará el Invierno (suave, como todos por estos lares). Y pondrá las cosas en su sitio. Y volveré a ser yo mismo. Mientras tanto, guardaré un respetuoso silencio en memoria del Gran Señor del Norte que, más tarde o más temprano, volverá. Sin duda. Y yo estaré aquí aguardando, impaciente, su regreso.


jueves, 3 de julio de 2014

Una (triste y ojalá no real) historia de verano.

Una ligera brisa, unida a los primeros destellos de Sol de una incipiente mañana, fresca a pesar de ser de Julio, hizo que comenzara a abrir sus ojos. Se encontró, de repente, en la playa. Protegió sus delicados ojos con sus eternas gafas oscuras. Aún recordaba (casi) todo lo sucedido la noche anterior: la música, las chicas, el alcohol…, el peligro dibujado en el horizonte de una oscuridad que todo lo transforma, que oculta lo que no interesa. ‘Y, al final, para acabar despertándome solo’, -pensó-…

De repente, oyó voces. A lo lejos, unos trabajadores municipales de los que, a primera hora de la mañana, se ocupan de mantener limpia la arena para los bañistas ansiosos de sol y mar, unidos a algún que otro matutino paseante veraniego, se agrupaban, daban voces y gesticulaban compulsivamente. Él, que nunca fue de interesarle este tipo de situaciones, sin saber por qué, se sintió incómodo. Y un pequeño escalofrío recorrió su espalda.

De repente, oyó sirenas y vio cómo se acercaban policías y cómo miembros del ‘061’ salían corriendo de una de sus ambulancias de urgencias.

Sacudió la arena de sus ropas y se dispuso a ver qué demonios ocurría, presagiando lo peor para alguien.


Sintió el color de su cara cambiar, el vello de su piel erizarse, su pulso aumentar la frecuencia de sus latidos, sus sienes perlarse de frías gotas de sudor. Sobre la arena de la playa yacía el cadáver, relativamente joven, de un hombre. Los servicios de urgencias comentaban que ‘ya poco quedaba por hacer. El corazón había dejado de latirle hace algunas horas’.

Lo recordó todo. Respiró profundamente. Se calmó ante lo inevitable, algo que él sabía que ocurriría más tarde o más temprano. Se giró y, evitando la luz del Sol, buscó aquélla otra que le llevara, inevitablemente, lejos de este plano de la realidad, de este Universo al que ya nunca jamás volvería. Al menos no en esta vida.


lunes, 17 de febrero de 2014

Destino.

Un día cualquiera, sin tipo alguno de pretensión. Nublado. De otoño. Como cualquier otro sábado. Como otro sábado más. Me levanto, voy al baño y saludo con desgana a ese tipo al otro lado del espejo al que, las más de las veces, ni reconozco. Desayuno. Repaso las últimas noticias. Hago cuatro cosas en casa, no más de lo necesario. Afeitado, lavado de cabello, ducha. Me arreglo. Salgo a la calle. Sin más. La misma rutina. Como siempre.

Medito mientras paseo, costumbre peripatética, aristotélicamente mía. Prensa. Las dos de la tarde. Cervezas y comer algo (otro mal hábito, ¡qué le voy a hacer…!), charla intrascendental ‘medio mediante’. Un par de copas. Las seis. A casa.

¡Odio los sábados por la noche…! Mis amigos insisten en eso de que ‘nunca salgo un sábado; ni a ver el fútbol’ y que ‘cómo hoy no salga a ver el partido, que es temprano, aparecerán por casa y echarán mi puerta abajo’… Insistencia feroz. Son muy capaces. Prometo volver y me largo.

Siesta. Tarde para el partido. Aseo despabilante. Volver a vestirme. Salir pitando. Llegar, saludar, pedir una cerveza, dejarla sobre una mesita. Disponerme a sentarme y ver al Madrid.

Aparecer ella, pequeña y hermosa, con su gente. Cruzar nuestras miradas. Sonrisa radiante. Mirada de Sol de Verano al medio día. Saludar con un sincero ‘¡Hola, preciosa!’, dos besos de rigor. Preguntarme ‘¿Tú sin pañuelo al cuello?’. No darme tiempo ni a aclarar que he salido corriendo por ver el maldito partido. Quitarse un pañuelo gris perla de su cuello suave y anudarlo al mío, ‘para que cuides tu garganta’. No soltarlo. Tirar del pañuelo hacia abajo. Decirme al oído ‘¡Hum, que bien hueles! Te comería enterito ahora mismo. Te haría perrerías. Vamos a tu casa…’. Cogerla de la mano. Marcharnos. Juntos. Silencio durante el camino.

Sorpresa. Afirmando la inescrutabilidad del destino. Deseada. Desde la vez primera en que la vi. De futuro improbable. Marcando el comienzo de una época. De otra. ¿Con punto y…?

Nada más que contar. Vidas privadas.

Transcurre el Tiempo. No importa cuánto. Nueva herida en mi corazón. No pasa nada. Nunca el Olvido.

Vuelta a lo mismo.

Un día cualquiera, sin tipo alguno de pretensión. Nublado. De otoño. Como cualquier otro sábado. Como otro sábado más. Me levanto. La echo de menos. Como cualquier día. Como otro día más...


martes, 30 de agosto de 2011

Time Is On My Side.

…Déjame terminar, Eric. No me queda mucho tiempo y quiero que todo quede registrado. Con un poco de suerte, no sólo te legaré mi fortuna (a la que, seguro, sabrás dar buen uso), también ésta será mi aportación, la última, nuestra última colaboración.

…La primera vez que la vi supe que era ella. No sólo su voz, no. Era todo. Nunca pensé encontrarla en un casting, el primero al que asistía. Aunque exigente con mi trabajo, nunca lo era con el de aquellos que fingían ser los personajes de mis guiones. Tú, Eric, siempre elegiste bien, siempre acertabas. Sin embargo, algo me hizo, esa tarde de Diciembre, aceptar tu proposición, la de mi único amigo y director de todo lo que de mi pluma zarpaba rumbo a la gran pantalla. ¿Recuerdas nuestra conversación telefónica? ‘Bueno, iré, no insistas… Sí, sé que ya era hora… ¿A las 10? ¿Tan temprano…? Vale… No, no te preocupes que allí estaré… Y No, no estoy borracho, aún no. Déjame seguir trabajando. Hasta mañana…’.

Y allí estaba. Las 10 y sentado en una incómoda butaca, viviendo aún de los efectos del bourbon de la noche anterior, café en mano que apenas hacia soportable la resaca. Tú no parabas de levantarte, dar órdenes y hacer gestos. Las 11. Ignoro cuántos fueron los cigarrillos que pasaron por mis labios en esa hora interminable. Las 12. Parecías no cansarte nunca. ‘Quiero una cara nueva, fresca, joven’, me habías dicho días atrás. ‘Es, posiblemente, el mejor papel femenino que hayas escrito nunca y no quiero que quede vinculado para siempre con alguna actriz conocida. Debemos buscar algo diferente.’… Pero, luego de 2 horas, nada de nada. Todas las chicas eran la misma persona, la misma actriz. Sí, el físico parecía corresponderse con nuestras exigencias, pero carecían de alma.

‘¡Eric! ¡Ven aquí! Ya sé porqué no he asistido nunca a uno de estos-tus eventos. ¡Es horrible! No aguanto más tanta mediocridad así que, con tu permiso, lo dejo – como siempre – a tu elección’. Abriste la boca para decir algo pero tan sólo lanzaste un manotazo al aire, giraste sobre tus talones, volviste sobre tus pasos y le dijiste a Rebeca, tu secretaría, que hiciera pasar a la siguiente aspirante.

Con mi abrigo y mi bufanda puestos, me disponía a colocar el sombrero sobre mi cabeza y largarme de ese antro de tedio cuando, de pronto, una voz hizo que volteara mi cabeza. Y ahí estaba ella. ‘…Me…, me llamo Cynthia, Cynthia Ozick – como la escritora judía, pensé… – ; aunque soy española, mi padre era ruso, de ascendencia judía, de ahí el apellido… Tengo 23 años, he terminado mis estudios de…’. Y hasta ahí fui capaz de oír. Levantó ligeramente la mirada y, al cruzarla con la mía, perdí la noción del tiempo. Durante un instante, no pude evitar pensar en Walter, pobre vendedor de seguros devorado por la millonaria Phyllis en 'Double Indemnity' – ‘En cuanto vi ese tobillo bajar por la escalera, supe que estaba muerto’, narra en off Fred MacMurray a Edward G. Robinson al ver esa delicada y sexy porción de la anatomía de Barbara Stanwyck aparecer por el hueco de la escalera… –. Me senté de nuevo, sombrero en mano, y dejé que llevaras a cabo todas las probaturas que estimaste oportuno. No fue necesaria mi intervención. En una eternidad que apenas duró unos minutos, te dirigiste a mi asiento y me dijiste: ‘Es la primera vez que consulto esto con alguien que no sea Rebeca o un productor pero, ya que estás aquí y, ya que te has quedado, supongo que tendré que preguntártelo… ¿Qué opinas?’. Nunca me quedo mudo, siempre tengo algo que decir. Y en esta ocasión no iba a ser menos. ‘Sí – dije –, me gusta. Creo que da el perfil que buscábamos para mi personaje. Parece que, menos mal, no he perdido del todo la mañana’.

En cuanto terminaron las pruebas, no dude un solo segundo en dirigirme a Cynthia, presentarme como el magnífico guionista que era (algo que, estaba seguro, ella sabía), felicitarla por, obviamente, haber conseguido el papel e invitarla a un almuerzo en mi restaurante favorito. Dijo conocerme y haber visto no sólo todo aquello que en la gran pantalla llevaba mi firma como guionista sino, además, haber leído cada una de mis novelas con todo el interés posible.

Y, sí, estuve presente durante todo el rodaje, aunque eso ya lo sabes. Cada mañana me presentaba impoluto, poco importaban plató o exteriores. A pesar de mi resaca, mal menor si se comparaba con lo que, desde el primer instante en que nuestras miradas se encontraron, comenzamos a sentir el uno por el otro… O, al menos, era lo que yo creía… En este mundo poco importa la diferencia de edad: es algo a lo que estamos habituados. ¡Y ella era tan joven y tan hermosa! ¡Desprendía tanta frescura, tanta vitalidad!

…En cuanto a lo que a partir de aquí hasta el estreno ocurrió es de sobras por – casi – todos conocido: presentaciones en sociedad, fiestas, cenas, mas fiestas, otras fiestas… No sé en qué momento me supe arrastrado por la vorágine de su belleza, probablemente, como ya he dicho, desde que mis ojos se miraron por primera vez en los suyos, pero llegó un momento en el que perdí absolutamente el control de mis actos. Me supongo, Eric, que te parecerá algo trivial y quizá tengas razón. Matar a alguien por una mera cuestión de celos es algo que no me va. Pero, llegados a este punto y al respecto, recuerdo una de mis sentencias favoritas de mi admirado Oscar Wilde a la que deseo parafrasear: ‘Nunca tuve tiempo de estar celoso de ninguna de mis esposas ¡Estaba tan ocupado en estarlo de los maridos de las demás...!’. Pero, en fin, como Robert Cummings dice a Ray Milland en 'Crimen Perfecto', ‘En los mejores guiones, las cosas salen como uno quiere, pero en la vida real no, amigo’… Y eso es lo que ocurrió. 
Si Jerry Ragovoy hubiese nacido con 50 años nunca hubiera escrito 'Time Is On My Side' ni jamás la hubieran, por tanto, interpretado los Stones… Pero, afortunadamente, pasó por la adolescencia en unos años felices y prometedores, los 60’. En cambio, para mi, ahora, el tiempo no está para nada de mi lado. Oigo las sirenas, por lo que, supongo, alguien habrá oído los disparos y llamado a la policía. Lleva esto a la gran pantalla. Sé que no es el primer guión que carga con este tipo de material pero seguro que tu, Eric, serás capaz de hacer una obra maestra de él. Y no me despidas de ella, ya lo hice. Cubre su cadáver, no me gustaría que nadie la viera en ese estado, aunque creo que ya poco importa. Y manda a limpiar la piscina en cuanto los chicos terminen con la investigación. No me hace ninguna gracia que los que visiten mi mansión se encuentren con un tipo tan desagradable como el que tu, querido amigo, has visto que flota en sus aguas dejando que su sangre lo coloree todo de un rojo tan estúpido. Guarda, también, mi revólver entre tus objetos más valiosos. Estoy seguro de que cuando todo acabe, la policía no tendrá inconveniente alguno en que así sea. Y recuérdame (y recuérdala también a ella) cada vez que lo contemples.


martes, 18 de enero de 2011

Epitafio.

En la soledad de la noche, los ‘tic’ del reloj de la biblioteca son cada vez más ‘tac’. Su martilleo, incesante, se propaga en la oscuridad, rebotando una y otra vez contra las sombrías paredes, imposible de ser ahogado por los vetustos volúmenes y las recias maderas que los sostienen, reverberando en el silencio, haciéndome sentir como si acabara de despertarme, solo, en una inmensa catedral, dejando una huella profunda y umbrosa en mi cuerpo y aún más en mi alma.

Los más de los días, no sin esfuerzo, salgo huraño de mi lecho y me arrastro hasta el baño donde, desganado y sin esperanza, alzo la cabeza del suelo para, desde las telarañas que nublan mi visión encontrarme, resignado, cara a cara, en un vetusto armazón de madera y nitrato de plata, un pálido reflejo en el que tan sólo distingo vagamente el rostro de un tipo al que ya no acierto a reconocer ni tan siquiera como un triste recuerdo de lo que alguna vez llegó a ser.

A veces deseo mutar, renovar por completo mi cuerpo, irreconocible por los demás, manteniendo mi mente intacta y sabia, recomenzando una y otra vez amparado en una madurez física plena hasta el fin de los tiempos… ¡Sueños!

Cada año, ¿el final? está más cerca. Y no, no temo a la muerte, ni al dolor. Tan sólo, quizá, a lo desconocido, a qué vendrá después. ¿Sentiré de nuevo el calor de unos senos firmes en mis manos, la humedad en mi boca de una lengua ajena a la mía? ¿Seré capaz de amar, de nuevo, alguna vez? ¿Volveré a sentirme amado?

Tan sólo me queda la esperanza de convertirme en energía pura, en puro cosmos y vagar por la negrura del infinito eterno alimentándolo, contemplando galaxias cada vez más remotas, cada vez más hermosas, que me darán su brillo a cambio de lo que alguna vez me mantuvo vivo, en pié, sobre este planeta privilegiado habitado por generaciones de seres humanos miserablemente estúpidos e ignorantes, incapaces de ver más allá de su propio ego, tan vacío como ellos mismos y que algunos llaman Tierra.

martes, 9 de noviembre de 2010

Ojos.

¡El túnel! Y al final la luz. ¡Por fin…! ¿Por fin? Pero…, ¿qué diablos hago yo aquí…?


Miro mis manos. Brillan. Parecen traslúcidas. Veo mis pies descalzos y lo que parece el final de una túnica blanca. Y ese resplandor.., no sé, me recuerda aquello de ‘¡Caroline, ve hacia la luz!’… ¡Un momento…! Ya caigo…, debo estar soñando porque, de cadáver, ¡nada! Aún no ha llegado mi hora, lo sé. O sea, que si soy consciente de que sueño, igual puedo controlarlo, como ya me ocurriera otras veces aunque, la verdad, no es un tema que me apetezca, así que voy a intentar cambiarle el aire a esto y si no, ¡que remedio!, despertarme.

¡Hum! Bonitos ojos. No es precisamente lo que había pedido, pero sí que son bonitos. Inmensos y hermosos. Siempre me fascinaron los ojos. Nunca he despreciado una boca jugosa y fresca, un pelo capaz de reflejar mil soles, un cuerpo de fábula…, pero unos ojos... Dicen mucho de uno. Y de todas, por supuesto, que es lo que interesa. Descifrar lo que una mujer piensa a través de su mirada, uno de los grandes misterios de la Humanidad. El ‘A Penny for Your Thoughts’ de Casablanca pero sin pagar por ello. Ni el mísero penique. ¿El color? Bueno, qué más da. Me encanta que me regalen unos ojos verdes, aunque ça depend, mon ami… Sobre todo del envoltorio… ¡En fin! Que no sé que hacen aquí, pero me gusta mirarlos. Y sentirme observado por ellos.


Ya puestos, y ya que estoy aquí, creo que voy a continuar, a ver si consigo ver qué hay al otro lado… Bueno, un nuevo par de ojos han vuelto a cruzarse en mi camino. Y esta vez, azules. También me apasionan. Envueltos en una melena rubia o faros celestiales de un rostro marmóreo enmarcado en negros cabellos.


…Y van tres. Son multitud, dicen por ahí. Ahora tocan negros. Bueno, lo dicho, aunque me parece que esto se me está yendo de las manos…, o del inconsciente, más bien. ¿Qué ocurre aquí? Voy a intentar redirigir mi sueño hacia otra parte… Al menos, darme la vuelta y ‘ver qué veo’… Pues está el asunto denso… Más ojos. Y la verdad es que no he cenado nada que me pueda hacer 'disfrutar' de una pesadilla debida a una indigestión. Pero ahí están, sin pestañear, mirándome impasibles. Me resultan familiares, no sé...


No consigo concentrarme. Y lo cierto es que lo intento, pero nada. Sin embargo, no me siento incómodo. Por el contrario, hay algo de bueno en todo ello. Me hacen apreciar que, a pesar de no haber nadie más aquí, no me siento solo. Y me miran a mí. Pero no, no me inquietan. No me interrogan como una esposa celosa, como una hija añorante de su regalo, como una madre desconfiada. Desprenden calor, ternura... Incluso llegan a excitarme. Lo único que faltaba es que, lo que parecía la típica historia que 'todos los que regresan de la muerte' cuentan, a saber, el túnel, la luz..., se convierta en un sueño erótico. Bueno, al menos esto sí que se asemejaría más a mi  forma de sentir las cosas. Y estos, entre verdes y color miel, tan cercanos, tan hermosos, tan sensuales...
Estos sí que me parecen irreales, más no por ello menos sublimes... Estoy decidido, tengo que despertarme. Esto escapa a mi control. Siempre que pretendo despertar de un sueño controlado me cuesta mucho trabajo hacerlo. Parece que tenga los párpados cosidos... ¡Un momento! ¿Qué es eso? Estaba tan absorto en todos estos ojos tan divinos, en sus miradas, en mis miradas, que no me había percatado de que me había dado la vuelta y unos ojos, esta vez los míos, apuntaban hacia el otro lado. ¡Menos mal! No, no veo una mesa de quirófano, enfermeras recogiendo material clínico, un cirujano certificando la hora de mi muerte... No. Tan sólo una cama la mía y, aunque quieto como un muerto, sé que no lo estoy, jamás me muevo mientras duermo. Sé que estoy vivo, veo cómo mi pecho se hunde, cómo las aletas de mi nariz se agitan excitadas, perlas de sudor sobre mi frente.
 
¡Wow! Me desperté, no sé si decir ¡por fin¡, pero lo hice. Como siempre... Creo que me he pasado con el vino durante la cena. Y con el sexo a los postres... Como siempre... Y veo que Patricia se ha marchado. Mujer de sueño ligero y piernas interminables... Espero que no se haya tomado en serio mi comentario acerca de que, aún, no estoy preparado para que vivamos juntos... Tengo sed. Durante un instante pensé que, efectivamente, esto se había convertido en un sueño erótico. Y me gustaba la idea. Lo que no me gustaba tanto era despertarme y tener que acudir a toda velocidad al baño para asearme... Tengo sed... Bueno, vamos allá...
 
No sé si me sorprendió menos el escueto Adiós impreso con su carísimo lápiz de labios sobre el espejo o comprobar cuando volvía a la cama que la rosa, roja como sus labios, que antes de dormirnos habíamos dejado sobre el velador, había cambiado de color.
 

martes, 21 de septiembre de 2010

Dorian a través del Espejo.

No recordaba desde cuando había deseado estar en el lugar en el que se encontraba ahora. Quizá desde siempre. Su sueño se cumplió en el momento en el que alguien sugirió:

- 'Y..., ¿por qué no él? Estoy seguro de que cumplirá todas nuestras expectativas’.

A todos los delegados les pareció lo más correcto y, luego de algunas deliberaciones, ¡por fin!, tenían en sus labios el nombre a pronunciar ante los buitres de la prensa. El Presidente del Partido se dirigió al lavabo y, una vez recompuesto el traje, lavado su cara y cepillado sus dientes, se atusó el pelo y se dispuso a abrir la puerta que le conduciría, tras un breve paseo por un pasillo otrora interminable, al salón de actos del Hotel en el que anunciarían a todo el País, a través de los medios de comunicación, el nombre del nuevo Candidato a la Presidencia…


No las tuvo todas consigo. Luchó desde el más absoluto ostracismo para llegar a ninguna parte y, sin embargo, alguien se había acordado de su persona. No tuvo el más mínimo destello que pudiera hacer pensar que no quería aspirar al puesto para el que se le elegía. Aunque eso quedaba aún lejos, una parte de su sueño se había cumplido, un sueño al que no estaba dispuesto a renunciar así como así. Se disfrazó con piel de cordero, si bien tampoco le era necesario, dado su carácter timorato, por no mencionar su imagen. Mintió siguiendo las directrices de todo Comité Electoral y las suyas propias. ‘Debo ser elegido Presidente, es mi destino’, se decía cada vez que, en casa, se miraba al espejo de su cuarto de baño. ‘Siempre he soñado con ser el máximo mandatario del País’, se repetía una y otra vez.


…Y, efectivamente, acabada la noche de los cuchillos largos y, desde el balcón de la Sede, no daba crédito a lo que veían sus ojos, a lo que oía: miles de ciudadanos agitaban banderas a la par que coreaban su nombre. ¡Presidente! ¡Presidente!, retumbaba en su cerebro una y otra vez.

Tan seguro de sí mismo se sintió en ese momento que pensó que estaba en lo más alto; por un momento recordó una vieja película de un tal Cagney que acababa con la frase ‘¡Estoy en la cima del Mundo mamá…!’ Sí, como 'Cody' Jarrett en White Heat, estaba en la cima del Mundo, de Su Mundo…


Día tras día, en cuanto se levantaba, se miraba en el espejo y se decía cuán importante era ahora. Noche tras noche, antes de acostarse, pasaba una vez más por su baño y, al verse reflejado en su espejo se jactaba, incluso, de todo lo que había logrado, de todos sus éxitos.


Una de esas noches, acabado de regresar de una importante conferencia en un país vecino, volvió a mirarse a su espejo y le pareció ver que algo raro había en su rostro, algo distinto. ‘Tengo mal aspecto, se dijo. Debo estar cansado. En cuanto duerma lo suficiente, me levantaré con mejor cara’. Pero no era cansancio. Ya era tarde. Tarde para todo. Tarde para él.


En menos de un año, había ordenado cubrir todos los espejos del Palacio Presidencial, de la Sede, de su Residencia…, salvo el de su baño privado. ‘Me hago mayor y el poder agota. Y no quiero verme así’, solía decir a los que le rodeaban, incluidos los suyos, aunque nadie parecía apercibirse de ello. Todo lo contrario, cada vez tenía mejor aspecto. Los carroñeros del Cuarto Poder solían escribir que, cuánto peor lo hacía, mejor aspecto tenía, aunque él sabía que eso no era cierto.


Una mañana, su esposa, alarmada por la falta de respuesta de su marido, del Presidente, el cuál llevaba demasiado tiempo encerrado en su baño privado y, ante la imposibilidad de derribar la puerta, llamó al servicio de seguridad, temiéndose lo peor. El jefe, un hombre muy corpulento, golpeó la puerta repetidas veces… Los golpes no obtuvieron contestación. Y todo siguió en silencio cuando llamaron a su protegido de viva voz. Finalmente, después de tratar en vano de forzar la puerta, salieron al tejado y descendieron hasta el ventanal. Una vez allí entraron sin dificultad: los pestillos eran muy antiguos.


En el interior encontraron, colgado de la pared y donde una vez hubo un espejo, un espléndido retrato del Presidente tal como lo habían visto por última vez, en todo el esplendor de su madurez. En el suelo, semidesnudo, hallaron el cadáver de un hombre mayor, muy consumido, lleno de arrugas y con un rostro repugnante. Sólo lo reconocieron cuando examinaron las sortijas que llevaba en los dedos.


miércoles, 1 de septiembre de 2010

El fin del Verano.

¡Qué paz se respiraba ahora! Sentada en su sillón de siempre, frente al amplio ventanal que iluminaba su salón, Mónica observaba cómo las volutas de su cigarrillo rubio se difuminaban antes de llegar al techo, absorbidas por la penumbra. ¡Por fin en casa! ¡Ya era hora! – pensó –. Ya era hora. Cada año soportaba menos las malditas vacaciones estivales. Atascos interminables; maridos ricos, como el suyo, que nunca dejaban a un lado el trabajo…, ni perdían de vista un bonito par de piernas; niños mimados, maleducados, campando por sus respetos; veladas interminables; sol sofocante; conversaciones triviales hasta el hastío; esposas infieles, como sus maridos, tan sólo preocupadas por su aspecto… Pero ya estaba en casa. No sabía bien cómo ni en qué momento tomó la decisión. Sólo que, ahora, sí que se sentía bien. Debo poner en orden la casa, antes de que vengan – se dijo.

En la calle, los vecinos del lujoso barrio residencial se agolpaban en la acera, frente a su ventana. Ecos de sirenas podían oírse cada vez con más intensidad.

Un olor acre dejaba en sus labios un sabor a cobre. Ajena a todo lo que ocurría fuera y exhalando lo que apenas se asemejaba a un resignado suspiro, alargó su mano izquierda para tomar de la mesita su vermouth cuando alguien gritó: ¡Abran! ¡Es la Policía! Mesándose ligeramente el cabello, dedicó una mirada furtiva a los cinco cadáveres que se amontonaban en la carísima alfombra turca. Una gota de sangre que no era suya resbaló de sus dedos para caer sobre el líquido y permaneció flotando durante unos segundos, sin diluirse en el alcohol, como una aceituna siniestra. ¡Qué paz se respiraba ahora!

jueves, 23 de abril de 2009

Un post al margen de lo habitual.

Los que me conocen saben que, a veces, muy de cuando en vez, me gusta dejarme llevar por lo que sueño –en el pasado, lo hacía con cierta habitualidad…, pero ésta no es buena política... Y ésa es otra historia.

Siempre recuerdo lo que sueño, aunque haya tenido siete diferentes durante la noche anterior… Incluso guardo en mi memoria muchos de cuando aún era pequeño. Es más, con un detallismo nada corriente… Y no, no se trata de un relato de mi invención.


Pues bien, en la noche de ayer tuve uno –otro másmuy curioso:



Andaba por una ‘especie’ de zona residencial, entre chalets de cierto de nivel y zonas ajardinadas y pobladas de árboles y arbustos. Era de noche. Concretamente, la del 31 de Diciembre de 2009… Deambulaba en solitario, entre gente que iba y venía, celebrando el final de año –era bastante tarde; hacía tiempo que la medianoche había pasado, aunque no puedo precisar la hora con exactitud.


En mi camino, encuentro a 3 chicas: una es una buena amiga, aunque está extremadamente delgada –sus mejillas se ven hundidas; nos damos un abrazo y desaparece entre los míos diciéndome 'Me alegra verte'–, va vestida con un pantalón negro, una blusa blanca y un suéter rojo; parece que sentimos ‘algo’ el uno por el otro. Otra, bastante pequeñita y un poco regordeta –una mujer ‘hobbit’, como sacada del Universo Tolkien–, absolutamente desconocida, que creo es una representación de alguna mujer de mi pasado lejano –y no recuerdo quién–. De la tercera, ni la más remota idea… Y, bueno…, hablo un poco con ellas y, de pronto, un amigo me distrae el tiempo suficiente como para que las pierda de vista. Dejo a mi amigo y, un poco más adelante, me las encuentro. Están sentadas oyendo los consejos de un tipo desconocido que les dice, más o menos, lo siguiente:


- Debéis acostaros con quién queráis. Recordad que aún no buscáis marido, sólo ‘novietes’ temporales y debéis aprovechar vuestro tiempo.


La ‘chica-hobbit’ comenta que, entonces, qué pensaría su futuro marido si, algún día, luego de casados, se enterase de que ella se había llevado a la cama a media ciudad.


El desconocido argumenta que no ocurrirá nada. Todos, hombres y mujeres, comprendemos que hay un tiempo que debemos dedicar a la búsqueda… Y ello conduce a la promiscuidad. Así pues, concluye con que deben aprovechar no sólo esa noche sino todas las noches hasta el momento en el que decidan ‘sentar la cabeza’


La 'chica-hobbit' me ve llegar y dice:


- Quiero acostarme contigo. Deja que te lleve de la mano a mi casa.


Sin permitirme argumentar nada al respecto, me toma de la mano y me hace entrar en una casa cercana. Llegamos a una amplia sala que se encuentra en penumbra. Restos de comida y bebida, platos, vasos y botellas sobre una mesa bastante grande… Y un montón de habitaciones con las puertas abiertas en las que se aprecia gente durmiendo. Seguidamente, me conduce a una habitación a oscuras y me señala la cama en la que pretende ‘consumar lo que da por sentado’; piensa que yo voy a decir que sí… Pero no… Y mucho menos con gente durmiendo en otras camas situadas en la habitación.


Salgo de allí, sin prisa pero sin pausa. Fuera, la gente sigue con su celebración. Veo a la otra chica y ya no está tan delgada; ahora está como siempre, estupenda. No recuerdo exactamente de lo que hablamos, aunque nos miramos y tocamos con mucha confianza sin que constituyese nada sexual. De pronto, el exterior de la casa cambia. Ya no es un jardín. Todo se ha convertido en una especie de hipermercado, una gran superficie o un gran almacén. La gente sigue de fiesta. Damos un paseo por allí. ‘Alguien’ me reta a subirme encima de una cornisa que se encuentra muy alta y a que me tire desde allí y caiga de pié. Comienzo a subir y a saltar por encima de cajas y plataformas, cuidando de que no me vean los que se encuentran en una especie de mesa-mostrador a la entrada. Llego arriba, salto al vacío, doy una par de giros y, efectivamente, caigo de pié sin que me haya ocurrido nada. La chica me da un beso y me felicita.


Un chico viene con la prensa del día siguiente –cabe recordar que sería el 1 de Enero y ese día no hay prensa–. Me piden que eche un vistazo a las páginas deportivas y mire como ha quedado un determinado partido –que ni equipo no juega–. Abro un plástico, aparto unas revistas de las típicas que regalan con la prensa –hay una de ‘El Mueble’ y un par de cómics de Batman–. Las mencionadas páginas son ‘algo extrañas’, con mezcla de equipos de varias divisiones, algunos desconocidos… El resultado, 4–0… Y suena el despertador.


Mientras me afeito, como cada mañana, oigo la radio. Curiosamente, el partido al que hace referencia el sueño –que no vi y del que desconocía el resultado– terminó con el resultado de 4–0. Además, llevo soñando con el número 4 bastantes días. Sé lo que significa desde el punto de vista de la numerología; creo que incluso conozco lo que significa el resto del, sueño, pero no deja de ser extraño todo esto del número 4… Ya me faltan menos para tener los de alguna lotería que me haga, por fin, millonario y me permita dedicarme por entero a lo que realmente me gusta:

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La Música, El Cine, La Literatura, La Pintura, Las Mujeres… Y, obviamente, mi blog (aunque no necesariamente por este orden).

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