Palabras, sentencias, Historias. Ecos de notas, redondas, neurosis bemol. Imágenes, planos, 24 por segundo.
jueves, 9 de octubre de 2014
jueves, 18 de septiembre de 2014
La Última Frontera.
Cruzar la Última Frontera. Ese punto
a partir del cual no hay posibilidad de regreso. Ese ‘¡Hasta nunca!’. El último adiós.
A lo largo de nuestra vida, cruzamos y/u obligamos a cruzar a alguien, multitud
de fronteras, unas más complejas de transitar, otras más simples. Y, casi
siempre, hay posibilidad de volver al lugar de procedencia. De ésta, no la hay.
Traspasarla significa no regresar jamás. Y es en ese ‘otro lado’, ya que ellos han
traspasado la barrera, en el que permanecerán condenados sin paliativo
alguno posible. Sin retorno. No hay repatriación posible. No se admiten
negociaciones al respecto.
Protervos pseudo-gobernantes, farsantes
incapaces de ver allende vuestra ambición sin límite, deshonrosos malnacidos más
dedicados a atesorar capital ajeno que a servir al Pueblo del que provienen vuestras fortunas, tecnócratas sin consideraciones ideológicas o políticas, malformados
en Humanidades, exentos de todo principio Filosófico, ilusionistas del
desencanto, cebados con la amargura de los que sufren el fiasco de vuestra
gestión, dispuestos siempre a que vuestra mano izquierda ignore lo que la
derecha hace…
¡Habéis cruzado la Última Frontera!
Malditos meapilas de sotana y
padrenuestro, comedores de pan ácimo, reprimidos represores de mentes, babeantes
onanistas que os excitáis trocando el mal ajeno en letanías, auto-pretendidos caudillos
de almas, vendedores de parcelas en un inexistente Más Allá de esponjosas nubes
de algodón y ángeles asexuados…
¡Habéis cruzado la Última Frontera!
Abominables banqueros, execrables
ejemplares de una ralea que vampiriza a los hombres de bien hasta lograr mutar su sangre en ese sucio dinero que hace rebosar los bolsillos de vuestros pestilentes
trajes de diseño, fumadores de cigarros confeccionados con la piel de aquéllos
a los que debierais servir como felpudo y de los que esnifáis hasta el polvo de
sus huesos…
¡Habéis cruzado la Última Frontera!
Ruines empresarios, nunca
suficientemente saciados con el sudor de los que dan su vida para que disfrutéis
las vuestras de ‘Star System’, todo a cambio de un salario mísero, apenas para mal
sobrevivir, siempre con el descontento y el lloriqueo en vuestros labios, nunca
convenientemente repletas vuestras arcas, abanderados del cinturón apretado en el
talle de todo aquél que no pertenece a vuestra réproba calaña…
¡Habéis cruzado la Última Frontera!
Trasnochados nacionalcatolicistas
de nuevo cuño, abyectos salvapatrias que sacáis a pasear bajo cadenas y
pistolas las penas ajenas pretendiendo convencer a golpe de genuflexión a aquéllos que jamás
comulgarán con una hedionda doctrina como la vuestra…
¡Habéis cruzado la Última Frontera!
Detestables nuevos ricos
tecnológicos, preocupados tan sólo por poseer el último modelo de auto, de
cadena de sonido, de teléfono móvil, de tablet, más ocupados en descargar la novísima
versión de Sistema Operativo de tantísimo aparato seáis capaces de poseer (que
no entender) que de poner en orden vuestra mente y la de vuestra descendencia con la lectura, simple, de un
libro que os haga pensar…
¡Habéis cruzado la Última Frontera!
...Cruzar la Última Frontera. Ese punto
a partir del cual no hay retorno posible. Ese ‘¡Hasta nunca!’. El último adiós.
¡Cuándo para ellos!
martes, 16 de septiembre de 2014
Una experiencia para nada religiosa.
A
veces siento que, como en la cinta de Branagh del 95', desearía estar 'In The
Bleak Midwinter'. Por mucha energía que me aporte, por muy necesitado que esté
de Él, no puedo evitarlo: el Sol me cansa.
Su maldita luz obliga a mis ojos a entrecerrarse, incluso llevando protección, hasta tal punto que me asemejo más a una especie de cruce entre un oriental híper alérgico fumado y un boxeador al que le hubieran propinado la paliza de su vida, que a esta suerte de celta de ojos azules que soy.
Abrasa mis neuronas (que no mi piel; no cuento entre mis hábitos el de exponerme a esa fábrica de laceraciones que, a la postre, más mal que bien acaban) hasta el punto de no poder pensar con claridad hasta que no desaparece por el horizonte. Y, a veces, ni aun así.
Y ahí vuelve, siempre, el muy ladino, hiriendo cada milímetro de mis pupilas, logrando que cada centímetro de mi ropa arda, haciéndome caminar con la cabeza gacha, día sí, día también. Maldiciendo, ¡cómo no!, su estampa a cada paso...
...Perlando ligeramente mi frente de minúsculas gotas de sudor. Y acelerando mi pulso. Siempre. Sin embargo, no lo culpo de esta última vez. Día tranquilo, noche apacible, madrugada fresca y virgen de sueño. Quizá la energía acumulada de tantos meses de calor fuera la artífice. O mi carácter. O ambos. No lo sé. Nadie puede saberlo. Despierto aún, sólo las 3 y 23 de la madrugada del domingo pasado cuando mi pulso saltó, se disparó. Como correr la maratón de Roma en agosto. Salvo que sin moverme de la cama...
...Dejé transcurrir las horas, amigo de pensar que el Tiempo lo cura todo. Pero no... No en esta ocasión. Al fin y a la postre, nada que no solucione un día en Observación, tranquilizantes, oxígeno, unos pinchazos y algo que desconocía, amiodarona, creo que lo llaman. Morir un par de veces, aún por unos segundos fue divertido y algo angustioso. ¡Bah!, todo queda en una arritmia y una visita al cardiólogo. Nada del otro jueves. 'Arritmia'... ¡A mí, que tengo un sentido del ritmo poco corriente por excepcional...! Y, no, 'no tengo abuela...'
Apodado el 'Astro Rey'. Quizá sea por eso, por lo de 'ir de estrella' y por lo de 'Rey' por lo que no me cae bien. No comulgo con aquéllos que van de lo primero y, mucho menos aún, con los que llevan corona. ¡Ni con los de Oriente, vamos!
Supongo que, cuando vaya al Infierno, lo tendré claro (a menos que el 'mío' sea de hielo; si así fuera, copa ancha de cristal y un pelín de J&B y Pepsi no vendrían naaaada mal...). Si bien, ahora que me doy cuenta, quizá no debiera haber hecho méritos para que me tocase una lotería como ésa. ¡Pero he comprado tantos billetes a lo largo de mi vida...! Porque así lo he deseado. Hágase, entonces, mi voluntad. Al menos, por una vez. Que ya va siendo hora. Por eso sé que ésta que ha sonado no era la mía.
miércoles, 20 de agosto de 2014
Una historia de hoy.
Se decidió. Por fin. Se
levantó de su sillón favorito, ése en el que llevaba sentado ni recordaba
cuánto. Se dirigió, a paso lento, reflexivo, hacia la cocina. Abrió el cajón en
el que se encontraban sus cuchillos, esos con los que cocinaba para ella. Tomando
por la empuñadura su favorito, de dispuso a afilarlo, con la mirada perdida.
Una vez que acabó, le pasó un paño; su rostro, serio, podía verse reflejado en
la hoja, ahora capaz de cortar un cabello en el aire. Guardó el cuchillo en su
maletín, ahora vacío de documentos, de responsabilidades.
Salió de la ducha, se colocó
uno de sus habituales trajes negros con el que solía ir a trabajar, día tras
día, desde hacía mucho. Tenía tiempo, su autobús, el de siempre, tardaría aún
unos minutos en pasar. Tomó su maletín y salió a la calle.
Sentado en su asiento, apoyó la
cabeza contra el cristal. Fuera, llovía ligeramente. Cerró los ojos durante un
rato. Pensó en a cuánta gente había visto desfilar por su oficina, suplicando
poco menos que clemencia. Pero no. Él no podía hacer nada; ‘Órdenes son órdenes, sólo soy un mero empleado de banca’, solía
decir a modo de excusa, quizá para consigo mismo, para no sentirse culpable.
Para no pensar en toda esa ingente cantidad de ciudadanos de a pie, como él, a los que su empresa, su banco de
siempre, había desahuciado, con permiso de la Ley, merced a la maldita crisis.
Todo iba bien. Llegaba a casa
y, cuando la veía a ella, se olvidaba de todo. Y el sol salía para ambos.
Hasta que la recesión, las
vacas flacas, pasaron por su puerta, deteniéndose y llamando al timbre. Su
banco estaba a la quiebra, a la deriva total. Excesos de altos ejecutivos, a
los cuáles no iba a afectar para nada este asunto salieron beneficiados
mientras que a muchos empleados, como él, les tocó quedarse en la calle.
Durante un tiempo pudo ocultárselo hasta que, por fin, no tuvo más remedio que
decírselo. ‘¡No te preocupes!’,
decía, ‘¡Ya verás como todo se arreglará!’.
Pero no fue así. Él ya no tenía edad para encontrar un trabajo, nadie empleaba
a gente de su edad, por mucha experiencia que tuviese. La cosa fue a peor. Ella
enfermó y, su mal se llevó no sólo su vida sino los escasos ahorros que habían
podido permitirse tener. Luego, su banco, ése al que había dedicado todos sus
esfuerzos, no sólo se libró gracias a las ayudas del maldito Gobierno sino que,
además, le hizo lo que él había estado haciendo, indirectamente, a muchos:
perder su hogar…
El autobús se detuvo en su
parada. Se bajó serio, circunspecto. Tenía una cita con el Presidente, ¡el Gran
Jefe!, ése tipo al que sólo había visto una vez. Entró al edificio. Se
identificó ante la amable recepcionista. Se dirigió al ascensor. Subió al piso
42. Allí, una secretaria le dijo que esperara unos momentos. Se sentó y esperó.
jueves, 10 de julio de 2014
Invierno.
Me desperté. Madrugada.
Sensación de frío recorriendo mi espalda. Aún entre brumas, me cubrí con la
sábana (nunca he podido, por mucho calor que tenga, dormir con la espalda
descubierta; escudo contra el Mal desconocido, supongo…). ‘Winter is coming’ – pensé
–, volviendo a sumergirme plácida y lentamente en brazos del vástago de Nix e Hipnos.
Con el Sol apenas despuntando,
como cada mañana, me levanté con la misma sensación de la noche anterior.
Horizonte de luz apenas tibia, cielo nublado. Levante soplando suave (como
pocas veces), húmedo como siempre. Pero la realidad me hace ver que, para bien
o para mal, es Verano. Aunque no lo parezca. No estoy hecho para el calor; me
abruma, no me permite pensar con la claridad necesaria (lo cual, en
determinadas ocasiones, – quizá – no venga mal…). Por suerte para mí, aún no
hemos desembocado en esa vorágine de grados que hace que el termómetro padezca
los días…, y sufra las noches casi como estos.
Sé que vendrán ‘esos días’ en
los que pisar la calle será – para mí, al menos – casi un suplicio: ‘No salir a
menos que sea cuestión de Estado’. Aunque no quede más remedio que ir a
trabajar, por supuesto.
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